El ascenso a la Presidencia de la Federación Internacional de Automovilismo por parte de Mohammed ben Sulayem tiene unas implicaciones mucho más importantes de lo que parece a simple vista. Se trata de la entrada del primer presidente de la historia de la institución que no viene del ámbito de influencia de los cuatro países “caciques” del club. Entre Inglaterra, Francia, Alemania e Italia se han repartido durante más de un siglo el poder del automovilismo a su antojo, dejando al resto de países el rol de comparsas o, como mucho, de receptores de prebendas a cambio de votos en la Asamblea.

El poder económico y político a nivel mundial ha cambiado de forma extraordinaria en estos últimos 20 años, y el automovilismo no ha sido ajeno a este cambio. La vieja Europa, aunque sigue siendo importante, ya no es ni mucho menos el ombligo del mundo, como siguen creyendo en la sede de la Plaza de la Concordia en París. Es cierto que en nuestro continente siguen celebrándose varias de las carreras más importantes y es el indiscutible epicentro del Karting, de los Rallyes, de los equipos de Fórmula 1 y de la más importante industria auxiliar, pero es un hecho que el automovilismo ya no es solo patrimonio europeo.

De toda esta ecuación de reparto de poder que comentamos, por supuesto excluimos a Estados Unidos, pues desde el principio siempre fueron absolutamente por libre en la organización de su automovilismo, no permitiendo nunca que la FIA enredara por esos lares. La cuestión es que a los representantes de esa arrogante Europa les cuesta admitir que ya no son las “prima donnas” del automovilismo, y parecen decididos a poner palos en la rueda de Ben Sulayem. No ha hecho más que comenzar su mandato y ya se les ve “asomar la patita”.

La industria europea del automóvil ya no es ni de lejos la que “parte el bacalao” a nivel mundial. Sigue teniendo su importancia, pero, salvo la alemana, el resto aguanta el empuje de Japón, Corea y China a muy duras penas. Los otrora imponentes circuitos europeos, hoy en día palidecen ante la fastuosidad de los nuevos autódromos asiáticos y de países del golfo. Guste o no, esta es la realidad que vivimos y, como tal, la composición de la FIA debía reflejar mucho mejor de lo que lo hacía la diversidad de nacionalidades en la composición de sus órganos más importantes.

En este nuevo reparto de poder iniciado por Ben Sulayem, España no sale nada mal parada, pues tenemos a Carmelo Sanz de Barros como nuevo presidente del Senado de la FIA, mientras que el presidente de la RFEdA, Manuel Aviñó, ha asumido el cargo de vicepresidente del Área Deportiva para Europa. La apuesta de los tres votos que corresponden a España hacia Ben Sulayem se ha traducido en un peso específico en la institución como quizá nunca antes hayamos tenido. Ojalá que sea de utilidad para revitalizar nuestro automovilismo, que, la verdad sea dicha, no pasa por su mejor momento.

Ben Sulayem, que ha sido “piloto antes que fraile”, sabe perfectamente cómo funcionan las cosas y ha tenido los reflejos de colocar en puestos importantes a miembros de los países “caciques”, pero aun así el lobby mediático y político de estos no le va a pasar ni una. No hay más que ver todas las presiones a las que la prensa británica ha sometido al nuevo presidente de la FIA para que destituyera al director de carrera Michael Masi, por entender que robó el título de Fórmula 1 a Lewis Hamilton por sus decisiones en la carrera final de Abu Dhabi.

Ben Sulayem, que aún no era presidente siquiera cuando ocurrieron los hechos, va a aprender seguramente con este episodio que, si ahora fue conciliador, en algún momento tendrá que decir a los “caciques” que ya no mandan ellos. Es necesario el guante de seda, pero inevitablemente habrá que mostrar la mano de hierro también.

 

Nº 1769 (Marzo, 2022) 

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